miércoles, 23 de octubre de 2013

La trata se cobro otra víctima, la triste historia de Juanchi.

El se ponía muy mal cuando Juanchi volvía con menos plata de la esperada, le pegaba ante la mirada impotente de su madre que siempre le tenía miedo. Un día decidió que era mejor quedarse para siempre en la ranchada de Conti, como le decían todos los chicos a la vieja estación. Aprendió a fumar a los nueve; y a tomar; y ganarse las monedas abriendo las puertas de los taxis, a los once. También a tratar con la policía y gambetear la entrada a los institutos. Su desarrollado instinto de sobreviviente, lo hacía vivir en un estado de alerta permanente, sus ojos vivaces y movedizos llevaban cuenta de cada movimiento extraño en la estación. El hombre de unos cincuenta años, siempre tenía cigarrillos para convidar y sabía hablar de lo que a los chicos les gustaba. Conocía los códigos de la calle y hasta el más mínimo detalle sobre las bandas de música que los atraían especialmente. No tardaron en hacerse amigos. A pesar de la diferencia de edad, Juanchi sentía que era alguien en quien podía confiar. Varias veces lo invitó a comer pizza y flan en su casa, y después le daba plata para volver, acompañándolo hasta la parada del colectivo. El Colo, uno más grande que vivía hacía mucho en la ranchada, le dijo que un chico que andaba siempre con el hombre aquél, había desaparecido de la estación. Juanchi se enojó un montón y quiso pelearse con él, a pesar de que era mucho más alto. No tardó en contarle a su amigo que el Colo había estado “boqueando contra él”, que “se había puesto la gorra”…-¿Y vos que pensás?-, le dijo el hombre…-que sé yo, nada, para mí sos bueno-, dijo Juanchi y siguió comiendo. Después llegaron unos amigos de él, que tenían auto y cuando terminó el postre, se ofrecieron a llevarlo a Constitución. Juanchi nunca llegó a la ranchada. En un departamento del centro entre luces fuertes y cámaras terminaron sus días de niño. Todo lo hicieron los dos hombres; mientras un tercero grababa en video cada aberrante detalle de lo que pasaba. Varios días después, el Colo fue hasta la casa donde Juanchi le había contado que vivía. La madre de Juanchi le dijo que no le contara nada, que no quería problemas, que él de ahí se había ido hacía mucho. Detrás de la mujer apareció un hombre tambaleante y le dijo: desaparecé pibe, acá no vengas más. El Colo bajó la cabeza y se fue tratando de adivinar la salida por los pasillos de la villa en penumbras. Con la policía no hablaría, ¿para qué? ¿Quién se preocuparía por un chico de la ranchada?

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